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El quinto huevo de Burundú, el maestro no ha muerto

Habiendo pasado muchos años después de su caída, los feos hijos de Burundú siguieron gobernando por años en las mismas sinuosas condiciones de siempre. La caras pálidas de la fuerza pública, esas criaturas viscosas que pululan corrosión por cuanto orificio hay en sus horrendos cuerpos, son cubiertas con armaduras propias de mutantes de alcantarillado neoyorquino y son la mascota preferida de los párvulos hijitos del ex mandatario en este momento crítico en que se requiere una pacificación hermana de la lustrosa encomienda. 

Muchos creerán que la fuerza de estas criaturas radica en su potente armamento, en su avezada formación arcaico-militar que desatiende todas esas bagatelas de los derechos humanos. Cuán equivocados están quienes así lo afirman ¡ay, la decadencia de la instrucción pública es una cosa lamentable! Por andar leyendo esas aberrantes arqueologías sociales que quieren dar méritos a los vencidos -horror produce a los buenos vasallos de Burundú esa obsesión con la muerte de los supuestos “buscadores de la verdad”- se han olvidado de las cosas esenciales, de que la fuerza de un pueblo no radica en teorías, discursos, en restitución de tierras, en control de garantías ni en objetivos de desarrollo sostenible sino en tener suficientes huevos. Por eso la base de la economía de la república hace mucho debió dejar de ser el petróleo, la minería aurífera o el lavado de activos. Los huevos son la fuente no sólo de nutrientes necesarios sino de toda la riqueza posible. De la misma manera en que los descendientes directos de Burundú desperdician su escasa fortuna en tierras baldías y en baratijas aborígenes, su padre, mucho más sabio -viejo zorrillo- ha venido acumulando los grandes huevos del país hasta conformar proverbialmente un conjunto de cinco magnánimos huevos con los cuáles se dispone a contemplar la subversión absoluta de todos los valores sociales establecidos. 

Recordemos que desde las tradicionales cábalas, el pentagrama esotérico tiene dos posiciones. en una de ellas hay dos puntas abajo, y en la otra, estas dos puntas se encuentran arriba, conformando la popular figura del macho cabrío. Recordemos también que los significados de estas posiciones son generalmente la preponderancia del ideal como instancia superior (en la primera posición) y de la naturaleza como fuerza suprema (en la segunda). ¡Ya era hora! siglos de idealismos nos han llevado a la ruina y sólo el telúrico semblante del maestro Burundú podría tener la fortaleza suficiente para alcanzar tan alto cometido. La alquimia, ciencia entre las ciencias por no haber olvidado la importancia de la magia, de esa ciencia sin razón, de esa razón inaprehensible y oculta para el vulgo, es una disciplina en extremo dificultosa que requiere demasiados sacrificios para las almas comunes. Loable la entereza del maestro que no escatima en sacrificar a los suyos teniendo consigo la convicción que le da el saberse caudillo de un bien supremo. 

Los costos han sido muchos, pero tras haber blandido sin temor su sable con el poder acumulado de los tres primeros huevos (seguridad democrática, la confianza inversionista y la política –burocracia- social) en una jugada rápida ha logrado hacerse con las dos piezas faltantes, el cinismo y la vergüenza orgullosa que se convierte en pendejada. Si, los revoltosos de siempre se han levantado con más vigor del esperado y del visto en muchos años, quizá porque ya pasó ese terror, ese gran último terror que vivió el país en los ochenta, quizá porque ahora pueden darse cuenta y ver con sus propios ojos y denunciar a través de la seguridad de las pantallas como los cobardes que son, o quizá porque sueñan demasiado. Pero de nada servirá porque el monigote vicerregente, muñeco sin cerebro,

corazón ni nervios, resiste los alaridos y los estragos y resistirá hasta que sientan que han tomado el poder y entonces dirá “me rindo” pero el tiempo, tirano entre lo tiranos, dilatará las cosas ha conveniencia de los suyos y entonces será otra vez demasiado tarde. los ciento cincuenta pesos que invirtió Burundú serán cada uno dos mil pesitos y la tierra fertilizada con sangre y cuerpos de intelectuales y románticos cubrirá en sus profundidades cualquier ideal, cualquier utopía ¿Que la utopía sirve para caminar? ¡Busquenla en el centro de la tierra sabandijas! 

¡Larga vida al gran Burundú!

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