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Hugues dejó un vacío y nos mostró otro

De la muerte de mi profesor Hugues González el pasado sábado de Carnaval puedo decir varias cosas. Lo primero, que la vida siempre suelta una paradoja al llevarse a alguien tan alegre en un día que -sin pandemia- habría reflejado eso aquí en el Caribe. Porque ‘Hugues’, a secas, sin título académico ni nobiliario como todos le llamábamos, era la estampa de un chiste didáctico, de una broma recreativa y de una chanza de amistad antes, durante y después de la clase de Educación Física.

Con su método, el aprendizaje de los deportes y sus técnicas quedaba en la memoria, en el cuerpo y en el alma. Un maestro de vocación cuya muerte aumenta la necesidad de hombres y mujeres que enseñen con pasión y gusto; que siempre innoven en el aula y lleven al máximo los recursos que tienen. Tal como él lo hizo al inventarse el tríbol, un deporte de pelota jugado en equipo, diseñado para llevarle contenidos nuevos a sus estudiantes del Hugo J. Bermúdez, donde varias generaciones recibimos su enseñanza y amistad, la misma que se evidenciaba en el saludo fraterno y cariñoso del profesor recordando el nombre de su exalumno muchos años después.

La tristeza de esta pérdida conmueve a la ciudad educadora, la ciudad que fue su estudiante, la ciudad del fútbol. Hugues fue un líder deportivo que combinó la academia y la actividad cívica mediante el fomento de las actividades recreativas, sobre todo en Curinca y sus barrios aledaños. Ese vacío tampoco se llena fácil en esta capital donde los sentimientos y colores políticos intentan impulsar otros ámbitos desde lo burocrático, mientras los liderazgos de los barrios deben unírseles o perderse en el ostracismo.

Lo segundo que quiero decir sobre la muerte del profe Hugues, se sustenta en el llamativo hecho en que se expresa que él estuviera armado y así se defendiera de los asaltantes de su hermana, matando a uno de ellos. Si bien la legislación del país restringe el porte de armas entre los civiles, este hecho nos muestra que las garantías de seguridad no están dadas en el territorio.

Los ciudadanos, en esta y otras formas, intentan proteger sus vidas, sus posesiones y, de paso, hacer justicia por su cuenta. La teoría de Maslow explicaría mejor esto. Haciendo la aclaración de que no defiendo esta actitud ciudadana, debo tomar la vocería y recordar a las instituciones que su trabajo no está sirviendo, que seguridad no es solo perseguir mototaxistas, prohibir parrilleros hombres o que el cuadrante llegue cada cierto tiempo a firmar el cuaderno que está en la tienda y se quede otro rato allí sentado. Seguridad no es solo capturar uno que otro delincuente y soltarlo ‘por no representar una amenaza’. Seguridad es replantear todo el sistema porque el que tenemos está dañado hace tiempo.

En este sentido, Santa Marta tiene varios fenómenos que facilitan la inseguridad. Los cinturones de miseria donde no hay oportunidades para la población, ni calidad en los servicios que reciben por derecho, son nichos perfectos para que echen raíces las estructuras criminales de todo tipo. Desde las que se disputan las rutas de narcotráfico por los senderos de la Sierra y han protagonizado balaceras por las calles de la ciudad en los últimos meses; hasta los ladrones y carteristas -colombianos y extranjeros- que acechan los barrios, como ocurrió en el caso del profesor.

La normalización de la inseguridad nos está haciendo ciegos y, al paso que vamos, nos va a terminar matando a todos, como acabó con la vida del Maestro que nos deja estos vacíos.

1 Comentario

  • Totalmente de acuerdo hay que reestructurar el Sistema de Seguridad, y la Educación porque hay delincuencia porque no existe educación, accequible para todos mejor dicho ese es solo un orificio del enorme vacío de múltiples factores que llevan a tomar esta carrera por mera necesidad e inmediatismo…para conseguir el sustento diario.

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