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La espiral de la expresión

La gente se expresa porque sabe que puede hacerlo. Opiniones, ideas, sentimientos, todo. Cada uno puede afirmar o negar la realidad desde su perspectiva. Es un derecho, pero también tiene sus deberes y acarrea, además, responsabilidades.


El problema es que, en esta era digital, muchos se sienten con este derecho obtenido por designio divino y no son capaces de soportar las consecuencias que sus expresiones traen. La situación se complica cuando son quienes detentan alguna forma de poder, al percibirse “ungidos” con el don de la infalibilidad, los que abusan de sus opiniones. Colectivos o individuales, muchos personajes injurian, amenazan en muchas versiones novedosas, calumnian y terminan perjudicando al otro como ser humano, vulnerando su dignidad y violentando también -en ocasiones- su derecho a haberse expresado libremente.


En este país, en esta era moderna, en este momento de ‘efervescencia y calor’, la libertad de expresión es una espada de doble filo que todos quieren usar para cortar, intentando no cortarse. En ese marco, distintos ideales son llevados al extremo y se terminan cerrando en sí mismos. La segmentación, la unidad de pensamiento colectivo -a su vez ‘tribalizado’ y categorizado socialmente- comienza a tomar más protagonismo; haciendo que la polarización no sea solo por dos opciones. Esa es la falacia que manejan: “a favor o en contra” de tal o cual concepto.


Realmente, la lectura que hago es que, en la actualidad, cada color, ideología y lucha, en sus dimensiones políticas, de género, raza e identidad, es una variante autopoiética que se valida a sí misma y -cuando lleva la expresión al extremo que estamos hablando- no permite que otra variante expresiva le critique.


Todo este escenario de choques sin debate, sin intercambio de ideas, sin diálogo solo termina generando la antítesis del derecho que la originó. Y de los dichos, se pasa a los hechos que desencadenan más violencia directa, cultural y estructural.
En una democracia es necesario expresarse. Por eso se garantiza desde la Constitución este derecho. Pero pocos asumen el deber de acoger, escuchar, tolerar y -sobre todo- respetar como igual la postura del otro.


Todas las opiniones son válidas por derecho y los derechos llegan hasta donde empiezan los del prójimo. Si todos asumimos esa idea en la práctica, tenemos presente la implicación de las consecuencias de nuestros actos, además de la valentía para enfrentarlas, considero que mejora todo porque en vez de expresarnos en modo agresivo (o a la defensiva como viene ocurriendo), expresaríamos todos en positivo, asertivo y propositivo por dar a conocer nuestras ideas y, pese a las diferencias, encontrando puntos comunes que se conviertan en victorias de todos.

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