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La muerte del noticiero y una pesadilla real

Con un dolor muy grande dentro de mí, debo decirlo. El noticiero murió.

De aquellos esquemas rígidos que iban desgranando notas preparadas con disciplina y calidad (informativa, técnica y coherente con el soporte) queda muy poco.

El afán de competir, de imponerse sobre el otro medio, de obtener más rating y -en la actualidad- de ganar más ‘likes’ para formar comunidad, han hecho que las líneas editoriales y los estándares deontológicos se difuminen en un menú donde el consumidor (antes audiencia o receptor, y ahora usuario), mediante su interacción, define las formas y manejos para seleccionar temas, determinar enfoques y construir relatos noticiosos. La autonomía del medio, sus criterios de noticiabilidad, los estándares de escritura, calidad de sonido, video e imagen hoy son menos exigentes. Por eso, la noticia ya no tiene calidad. No gusta en el paladar del oyente, del televidente, del lector.

Y si esto pasa en los grandes medios, ¿qué decir de los pequeños donde la pauta se ha visto recortada por la pandemia y los intereses políticos y empresariales terminan haciendo más presión en los contenidos? Que el final los agarre confesados.

Por seguir los gustos cambiantes del público, por desviarse de su línea, muchos informativos hoy carecen de credibilidad. Seguir los pedidos de la audiencia, pensando que ella no buscaba otras fuentes sobre la información de su interés en redes sociales, y el algoritmo de concentración de intereses que usan estas plataformas, han impulsado un nuevo movimiento de opinión.

Ese movimiento de opinión ha matado la información general. Poca gente se soporta un noticiero más de una hora. Eso lo había entendido ya la radio que – en su exquisita y basta libertad creativa- empezó a implementar otros géneros y formatos dentro de sus espacios noticiosos. Por eso, la entrevista domina el escenario informativo en el panorama hertziano de este ecosistema de medios.

La televisión, por su parte, ha empezado a incluir nuevos bloques e ideas dentro de sus noticieros. Los de la mañana mezclan el estilo de magazín de entretenimiento con la seguidilla de entrevistas con uno que otro funcionario, fórmula adaptada de la radio. Ya no se ponen en la palestra los temas que el país debe saber, sólo se le bombardea con cargas ligeras, vacías y distractoras. El noticiero murió. Brille para él la luz perpetua.

Antes de que lo olvide, ese nuevo movimiento de opinión propulsado por las redes, como mencioné hace algunas columnas como ésta, ha generado un ambiente en el que las libertades de expresión pierden el respeto, la tolerancia y la noción de debate constructivo. El algoritmo cierra los intereses de acuerdo a los gustos de cada usuario, el cual termina consumiendo y creando contenidos cada vez más cerrados en su interés, dándoles primacía extrema y -en muchas ocasiones- atacando al resto que pueda pensar distinto. Cada día, crecen los “ismos” y se radicalizan más. Defienden sus ideales al máximo, llegando a la violencia y al no reconocimiento del otro. Difícil que haya comunicación y acuerdo cuando uno de los actores no es reconocido por su par/contrario.

El noticiero murió por aferrarse a la ciudadanía, y esta anda sonámbula a causa de las redes que la tienen soñando un sueño de libertad de expresión que, en realidad, será una pesadilla al paso que va.

Descanse en paz.

1 Comentario

  • Mucho tiempo sin leer versión abierta, falta me hizo, al no poder saborear buenos y objetivos análisis
    Podriamos asegurar que la pandemia dio la estocada final al noticiero, al adecuarlo a lo que hiciera posible más audiencia e incremento de la economia noticiosa aunque estuviese cavando su propia tumba
    PAZ en la tumba noticiero

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