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La pelota manchada del Unión Magdalena

“La pelota no se mancha”, la frase resonante del finado Diego Armando Maradona es un saludo a la bandera en el fútbol profesional de cualquier lugar del mundo.

No lo digo porque me refiera a los futbolistas que cada día disfrutan menos del juego haciéndolo insoportable para el hincha que, confinado en su domicilio debido al covid19, sólo puede desahogarse en gritos sordos a la pantalla de su televisor. Lo digo al pregonar la redundante perogrullada que habla del afán de obtener ingresos por parte de los dirigentes. Ese mismo que termina siendo un cáncer para el denominado “opio de los pueblos”.

Ya lo confirmó el escritor uruguayo Eduardo Galeano, en su libro El Fútbol a Sol y Sombra, “A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí” y la ha complementado con este silogismo “el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable”.

Por eso, el presente de aquel juego inventado por los caballeros ingleses para divertirse lo expone como un motor de la economía, una herramienta política y un alterador de las lógicas y emociones a nivel mundial. Bajo esa óptica, no sorprende que en Colombia el fútbol represente el 0,11% del PIB nacional; que la familia Char use al Junior como lazo de identidad y populismo con el sentir barranquillero para ganar adeptos; o que en las ruralidades del Caribe un par de compadres llamen a sus gallos de pelea ‘Messi’ y ‘Cristino Ronaldo’, y luego apuesten por cuál se queda con el Clásico de la gallera el próximo viernes por la noche.

Lo que sí sorprende -aunque ya no debería- es cómo esa dinámica de negocio no es usada al máximo nivel por la dirigencia del Unión Magdalena, un equipo que encarna ideas que no se corresponden con la visión del negocio y menos con la del deporte.

Independientemente de su potencial eliminación de los cuadrangulares semifinales del torneo de segunda división, el equipo no es destacado por ser un formador y vendedor de jugadores, como ocurre en este suelo que es la octava nación que más nutre el fútbol mundial, según datos de la revista Dinero. Tampoco cuenta con grandes jugadores internacionales, cuyo pago mensual dejaría en números rojos las arcas del equipo. Mucho menos tiene infraestructura de Club al no tener aún sede o estadio propio; ni se preocupa por ser una marca que pueda generar ingresos más allá de los derechos de televisión, los patrocinadores y los cada vez menos compradores de boletería.

Esta lógica de negocio sólo beneficia a un dueño que recibe mucho, gasta poco y no le importa crecer su marca, manejando el sofisma visceral de ser el equipo del pueblo magdalenense.

En la parte deportiva, la escuadra tiene una generación que puede ser valiosa. Hacía tiempo no se veía una camada de samarios y magdalenenses con buena técnica. Sin embargo, la mentalidad competitiva, la entrega y la concentración, valores tan necesarios dentro del fútbol, decaen tras hacer vibrar y soñar a una hinchada esperanzada que vive de la nostalgia de esos valores o del sofisma de “su equipo”.

Como amante del deporte, sólo espero poder ver esos valores y otros en un Unión Magdalena más competitivo cada día. Como entendido de que es un juego, acepto los resultados estoicamente. Como crítico consciente de que es un negocio, no espero mucho mientras el pensamiento de la cabeza siga siendo el de no crecer.

Porque el Ciclón ha pecado en algo Joao Havelange, el ex monarca de la Fifa, alguna vez expresó: “el fútbol es un producto comercial que debe venderse lo más sabiamente posible”.

Así pues, usted decide si se queda con el deporte, el juego o el negocio. Sólo tenga en cuenta lo que dice también Galeano, que anduvo por estas tierras samarias en algún momento de su vida: “este hermoso espectáculo, esta fiesta de los ojos, es también un cochino negocio”. Uno que siempre termina manchando la pelota.

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