Version Abierta

Las víctimas del desplazamiento forzado en Macaraquilla, Aracataca

Según la Red Nacional de Información, en Colombia hasta enero del 2020 había más de 8.900 millones víctimas del conflicto armado, 2 millones de víctimas de desplazamiento forzado en el país y 114.315 en el Magdalena, esto equivaldría a 190 veces la capacidad del Estadio Metropolitano Roberto Meléndez de Barranquilla sin una silla vacía. Acá no importa la denominación ‘masacres’ u ‘homicidios colectivos’, importa el dolor de las víctimas que no desaparece. Esta es la historia de Franco Torres Chacón y su familia de la Vereda Macaraquilla en Aracataca, Magdalena.

-Abre o abrimos.

Un momento, ¿quién es?- pregunté.

-Abre o abrimos- amenazaron nuevamente.

Inquieto, fui en busca de los fósforos que estaban tan fríos como yo. En medio de la oscuridad y a pesar del frío de las 3:40 de la madrugada que pasaba por mis pies, mi pecho empezó a arder y mi corazón latía con fuerza aquel 12 de abril del 2000. Los nervios se habían convertido en mi estado habitual desde la llegada en 1985 de todos esos grupos a nuestra vereda Macaraquilla en Aracataca.

Mi esposa y mis hijos abrieron la puerta, mientras los latidos de mi corazón retumbaban mis oídos como si mi pecho fuera a reventar. Salí corriendo por la puerta trasera de la casa, mientras me observaba con un fusil un muchacho detrás de un ‘palo’ de mango. Corrí y corrí con la misma fuerza de mis latidos hasta llegar a la orilla del río, donde me escondí dentro de un jagüey hasta las nueve de la mañana. “¡Papá, papá, venga!” gritaron mis hijos mientras salía del árbol.

Durante mi ausencia mi esposa me contó agobiada que la intentaron violar y cómo se resistió, se fueron contra mis niñas de ocho y 14 años. Gracias a mi señora todo quedó en el intento.

Era mediodía, mientras almorzaba con mi familia y un vecino, escuché a lo lejos galopear un caballo con rapidez. “Oiga señora, dónde está el señor que se voló”, preguntó uno de ellos sobre el caballo. “Soy yo quién me volé, ¿quién es usted? Exclamé nervioso. “Ahorita hablamos… ahorita hablamos” respondió.

Me dejó asustado. Dio orden que todos, sin excepción alguna, salieran de la casa a atajar un ganado que ellos traían. Además, venían a verificar si nuestro ganado era de la guerrilla, porque el patrón de él lo había ordenado. Estuve tranquilo porque tenía los papeles de mis reses, al igual que la comunidad de la vereda.

Se hicieron las 3 de la tarde, ‘cinco siete’, un exguerrillero y ahora ‘paraco’ me dijo que se robarían nuestro ganado. Uno tras otro llegaron los camiones de Fundación, El Retén y Aracataca que se llevaron alrededor de 2000 reses. En uno de esos camiones metieron a mis tres hijos junto a 14 jóvenes más, mientras un hombre con un fusil los merodeaba. Me intranquilicé nuevamente, solo pensaba que les matarían y me le acerqué al jefe a preguntarle qué iban hacer con los muchachos porque ahí estaban mis hijos. “No Franco, esta es una retención por seguridad”, me respondió. Luego soltaron a los muchachos y me regresó el alma al cuerpo.

Caminaba hacía mi casa, atormentado con lo que nos podía pasar, preguntándome si este sería el fin. Encontré a un grupo de ellos que tenían en posición de violar a una muchacha de la comunidad. Avisé a su jefe, que reprimió a los cuatro. La dejaron ir, le dije a ella, al igual que todos, que nos fuéramos para mi casa, que si nos matarían, sería a todos juntos.

Fueron tres días eternos de angustia, desesperación y miedo. Los mismos que duraron haciendo viajes de ganado, mulos y burros. Se nos llevaron todo.

Pensamos que todo había terminado con su partida, pero no fue así. A los 15 días, regresaron. Un tiroteo que no cesó hizo correr a toda la comunidad río abajo con el corazón y el padre nuestro en la boca. Yo estaba arriba comprando, mientras mi familia huía a refugiarse en una finca. Ese día ya no pude más, ya había encontrado suficientes muertos amontonados en el camino todos esos meses y ese día parecía que los próximos seríamos nosotros.

Nos encontrábamos entre la espada y la pared, primero entre Los Durán y Los Elenos, después entre las Autodefensas de Urabá comandados por ‘Jorge 40’, los paramilitares y el ejército que se camuflaba con los paramilitares. Uno era el que sufría, porque nos usaban como escudo entre los bandos no solo para combatirse entre ellos, sino también, para pelear nuestras parcelas, que nos habían costado dinero y esfuerzo solo a nosotros/as.

Por la necesidad y el amor hacia a la tierra aguantamos todo esto, pero ya no pude más. Allá no vivíamos, allá todos los días sobrevivíamos entre todos los grupos que nos acusaban de tener ganado de guerrilla, cosa que no era cierta. Decidí venirme con mi familia y avisarles a la comunidad, porque yo era su respaldo.

Pasamos de amanecer con un aire fresco, un paisaje esplendoroso, el verde infinito del campo por la ventana, de una parcela próspera, a estar aquí pasando trabajo. De tener mi parcela con ganado, a tener dos vacas por ahí en un pedacito de tierra alquilado. Ya hace 20 años que estamos en Aracataca, esperanzados que el Estado nos devuelva las tierras. Mis hijos están por ahí cortando corozo con un malayo. Yo quería que estudiaran, que alguien representara a esta familia. Si no nos hubieran hecho eso, no estaríamos metidos en este barrial.

1 Comentario

Siguenos

No seas tímido, ponte en contacto. Nos encanta conocer gente interesante y hacer nuevos amigos.

Noticias mas relevantes

¿Quiénes Somos?