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‘Mea culpa’ conjunto por el daño en San Andrés

El cielo se vuelve a nublar y empiezan a caer las gotas. La señora que lavó su ropa temprano suelta la frase en mitad del patio:

-Cuando el pobre lava, llueve.

Esta expresión afincada en la tradición popular es la versión mínima de la encrucijada más grande de la humanidad contemporánea: el dilema de cuidar lo que queda del medioambiente frente a la expansión económica de una sociedad más consumista cada hora.

Por estos días, los medios de comunicación están concentrados en retratar las realidades del paso de los huracanes por el Caribe. Iota, el más reciente de estos sistemas tropicales, pone en la vista del mundo noticiable al archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, el departamento isleño de Colombia. Un terruño que se mantiene invisible cuando no es protagonista de una disputa con Nicaragua por su territorialidad o queda destruido en más de la mitad de su territorio, como ahora.

Dicen los analistas políticos que un desastre solo sirve al líder para tratar de revivir su imagen. El presidente Duque lo sabe (o se lo dijeron) y por eso ha estado dando reportes del clima desde allá y haciendo populismo en mitad de la tragedia. Evidenciando que en nuestro país no hay una política de Gestión de Riesgos sino una postura reaccionaria frente a las calamidades. Pero eso no es lo que quiero pensar en esta columna.

Hacia mediados de septiembre, el Centro de Huracanes de Estados Unidos ya había agotado su lista alfabética de nombres y tuvo que pasar al alfabeto griego. Por eso hemos estado escuchando hablar de Eta y Iota, por ejemplo, y ya no de Katty, Lucy o William, que son los nombres que este Centro da, normalmente, usando la letra inicial y haciéndola equivalente a un número ordinario. Este año, antes de Iota, han soplado 30, superando todos los registros anteriores. Y todavía quedan varias semanas para que termine la temporada. Así que las lluvias seguirán…

Este preocupante récord ambiental es otra prueba de lo que organismos como WWF y la Organización de Naciones Unidas han venido evidenciando en varios estudios: el impacto de la economía humana y la forma de vida seguirá alterando el clima y haciéndolo más devastador. Este año no será recordado solo por la cuarentena y los tapabocas. Entre enero y marzo, los incendios en Norteamérica, Australia y la Amazonia brasileña fueron más ardientes y extensos que años anteriores. 

De acuerdo con la ONU, entre 2000 y 2019, se registraron 7.348 desastres naturales. En ese lapso, 1,23 millones de personas murieron a causa de ellos. Produciendo, además, pérdidas económicas mundiales de 2,97 billones de dólares.

El estudio de la Oficina de Naciones Unidas para la Reducción de Riesgos de Desastres (UNDRR), indica que las naciones ricas han hecho poco para hacer frente a las emisiones contaminantes que están ligadas a las amenazas climáticas que constituyen la mayor parte de los desastres climáticos de hoy en día.

Y no solamente es el exceso de gases de efecto invernadero. El estudio Planeta Vivo del Fondo Mundial para la Naturaleza, WWF por su sigla en inglés (World Wildlife Fund), reveló que la alteración de uso de suelos para ganadería y cultivos industrializados, entre otros factores, ha hecho que las áreas de bosques se dañen en gran parte de América Latina, haciendo que varias especies de animales reduzcan su número. Sin bosques, no hay lugar para las especies de plantas y animales propias que ayudan a regular el clima y las condiciones de cada región. Sumemos a eso los hábitos diarios poco sostenibles, como el exceso de uso de materiales no biodegradables y el consumo excesivo y compulsivo de bienes y servicios de todo tipo.

Las expansiones industriales y los afanes consumistas de esta generación han acelerado daños como la erosión costera, la presencia de más huracanes (con más fuerza destructiva) y el aumento de sequías e incendios. No olvidemos que estos estudios también explican que el daño ambiental favorece que las enfermedades virales (como el covid-19) sean más fáciles de expandirse por amplios territorios, logrando mutar con rapidez y haciéndose más mortífera para más especies. Esta generación no ha garantizado el hábitat de sus descendientes.

Hace algunas columnas hablé de cómo sería una distopía en este sentido. Hoy te recuerdo que una parte del daño en San Andrés, la erosión costera en Ciénaga y Pueblo Viejo; los desbordamientos en Sitionuevo, Salamina y la Zona Bananera, así como las inundaciones en el Chocó y los derrumbes en las vías de Antioquia, son también responsabilidad de lo que has hecho (o dejado de hacer) en tu casa. Respaldado, eso sí, por las políticas empresariales y estatales de desarrollo y economía que hay en el planeta.

Prender el aire acondicionado sin haber necesidad, por ejemplo, aporta más calor a la creación de islas de calor en las ciudades. La solución, fomentar la construcción acorde al clima. Techos altos, apoyo en la vegetación y materiales que permitan la ventilación, deben ser política en el Caribe.

Pero, en el fondo, la realidad se desvanece en otra frase de la misma viejita del principio:

-Los ricos no lavan. A ellos la ropa les sale seca de la lavadora; por eso no les importa si llueve.

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