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Pensar la alternancia desde las regiones

Es el año 2035. Los bachilleres que no conocen las correcciones del lapicero rojo sobre el papel terminan la secundaria menos pensada de la historia. El diploma, como desde hace 16 años, llega por correspondencia. Sacaron grandes notas y reciben honores, pero no tienen habilidades sociales más allá de sus perfiles en redes…

Este escenario futurista y apocalíptico, un poco exagerado, es el que se me ocurre para llamar su atención y mencionarle la importancia de los procesos educativos presenciales, donde el acompañamiento y guía del docente facilitan el aprendizaje de los estudiantes. Sin embargo, eso no debe volver a la ligera.

En los últimos días, en distintos lugares del país y desde entornos administrativos centrales, se ha venido defendiendo el retorno a las aulas mediante la alternancia. Ese proceso en el que se divide el grupo para ir por turnos a la escuela, se extreman las medidas de bioseguridad y se complementa con trabajo mediado virtualmente. Un discurso basado, sobre todo, en procesos psicológicos de desarrollo humano, principalmente infantil. 

Tal relato llevado a los medios de comunicación ha entrado en el pensamiento del público generando polarización al respecto. Polarización en un país que se divide por todo y por nada. ¡Hágame el favor! Por un lado, quienes apoyan la alternancia inmediata y, por el otro, los que prefieren esperar un poco más. La única similitud en ambos bandos es que expresan ese sentir desde su propia realidad, la de los casos particulares y diferenciales de ‘los otros’. Esos otros que se diferencian porque viven en el campo, o porque en sus regiones no hay suficiente agua potable constante, o porque la infraestructura escolar no garantiza el modelo de alternancia, o por cualquiera de las razones que ‘estos’ o ‘aquellos’ tengan. No en vano la narrativa se ha forjado desde los jardines infantiles privados. Es allí donde los padres con cierto nivel de ingreso, residentes en áreas urbanas, que deben ir a trabajar u ocuparse demasiado en casa, dejan cuidando a sus niños. Cuidando, no educando. Ese es el imaginario muchas veces.

Quienes estamos dentro del ámbito educativo, sabemos lo que demanda -y demandará en adelante- lo presencial; así como las necesidades que tiene la virtualidad. Pero en este escenario donde las fortalezas se quedan cortas y las oportunidades se reducen, mientras las amenazas aumentan y las debilidades hacen mella, debe empezar a regir un pensamiento federativo, particular, incluyente. Uno donde cada entorno pueda determinar sus procesos, pero eso depende de unas cabezas que entiendan el país desde las regiones y no desde el centro únicamente.

Presidencia y Ministerios han estructurado lineamientos difusos donde quieren operar a su manera y según sus planes, pero las mismas realidades de esta Nación diversa impiden la unificación de cualquier tipo.

Que sean nuestras autoridades locales, quienes conocen mejor el entorno, las que puedan manejar -según potenciales y limitaciones- el vehículo que nos conduzca a una Educación garantizada, de utilidad y crítica, aunque esto último sea utópico por ser disruptivo para el establecimiento. Tan utópico, como ese 2035 sin vacunas y bachilleres virtuales.

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