Version Abierta

Sobre las costumbres y el entendimiento

Como ha sucedido en las pocas ocasiones en que he fallado con el simple pero grato y todavía noble compromiso de compartir lo que pienso a través de esta columna, me disculpo con el puñado de personas que me leen y que esperan algo de este ejercicio. Aprovecho también esta ofrenda para dar paso a un asunto que desde hace algunas semanas viene dando vueltas en mi cabeza y es sobre cómo las experiencias que van emergiendo en la cotidianidad pueden resultarnos más o menos estimulantes de acuerdo a las costumbres y creencias que tengamos. Así es, lo siento: he vuelto a la psicología y esto me sume en ese cansino  camino de comprender la condición humana. Por tal motivo, les invito a tomar esta y tal vez unas cuantas más de mis columnas como pequeñas cápsulas de salud mental. Pueden ir a decirle a las amistades “Ve, en Versión Abierta están sacando una columna de salud mental, leela que eso te puede servir mucho”. A decir verdad, he llegado al hartazgo con temas políticos que se nos vuelven insondables en la práctica pero esa ha sido mi costumbre y cómo se que es la costumbre de muchas el quejarse por estos asuntos he visto en ello la oportunidad de ganar algunos adeptos, y aún por encima de eso, acepto que por lo menos tratándose de opinión, derrochar palabras sobre este tipo de tópicos es la senda de lo simple. Trataré además de ser breve porque entre las costumbres que busco abolir en mi persona está esa de dar vueltas tratando de no dejar ninguna rama suelta como si fuese a morir mañana, como si no fuese a tener ocasión de escribir de nuevo o como si ante el hecho de una interpelación por parte de alguien que me lea no fuese yo a tener tiempo de responder. Así, después de este primer párrafo repleto de giros y abismos sintácticos, prometo claridad…aunque cuesta un poco quitarse los hábitos.

Bien, aquello de las costumbres es algo que tiene peso sobre todo a la hora de construir nuevas relaciones ya sea con una pareja, con un equipo de trabajo, con el trabajo mismo, e incluso con un pantalón nuevo. Se nos educa con toda una serie de premisas que nos dicen cuál es el deber ser para cada uno de los aspectos en cada una de las esferas de la vida (personal, social, familiar, laboral) y en un principio obedecemos casi ciegamente tales mandatos. Luego acontece un  fenómeno maravilloso al cual desde ciertos discursos nombramos como “individuación” que consiste llanamente en la construcción de una identidad particular, hecha a nuestra medida bajo los parámetros de nuestra consciencia, o por lo menos eso creemos. Lo que defenderé a continuación será la idea de que este sujeto al que consideramos autónomo puede llegar a ser igual de represor al anterior e incluso puede tornarse mucho más tiránico.

Una vez consideramos que hemos ganado la batalla y que somos soberanos de un campo imaginario solemos aferrarnos a ello, y más todavía cuando nos genera sensaciones gratificantes como acceder a nuevas experiencias (aquello que Pascal nombra como la necesidad de innovación), a personas que reafirman nuestras ideas y afectos sobre las cosas (atmósferas afectivas, en términos de Sara Ahmed) e incluso el encontrar compensaciones ante los fracasos o errores, incluyendo los fallos que pueden significar malestar para nosotras o para las demás (una suerte de delirio de Macbeth). De esto que cuando los trofeos o las fronteras de ese campo imaginario son franqueados por algún objeto distinto reducimos el pensamiento básicamente a dos alternativas: “es bueno o es malo”. Pero ¿Qué es lo malo y qué es lo bueno? Les invito a desgastarse pensando y buscando información al respecto y si encuentran algo distinto al hecho de que lo bueno es aquello que favorece los intereses de quienes tienen la potestad de establecer los fines del común y lo malo aquello que le contradice o le obstruye, le agradecería muchísimo que me pusiera al tanto.

Propongo, para ir concretando esta columna tomarse unos M&M´s (Michel Serres y Michel de Montaigne) para poner a su consideración, en primer lugar, que en cada relación social que establecemos somos anfitriones y parásitos, es decir: nos alimentos de lo que contiene el otro y a su vez nuestra sustancia es alimento de la otredad y por tanto, lo que hacemos con los nutrientes y la energía que ese alimento nos aporta, así como las medidas que tomamos para controlar los efectos negativos y para eliminar toxinas, es algo que queda enteramente en nuestras manos, y de estas acciones depende que las experiencias resulten o no nutricias en mayor o  menor medida; y aclaro esto último porque no quisiera hacer pensar a nadie que al final cada vivencia puede ser igual de benéfica. De hecho, eso sería demasiado tonto y vacuo para merecer ser vivido. En segundo lugar, propongo la reflexión sobre la defensa de las virtudes que nos arrojamos o que ambicionamos como si se tratase de asuntos de vida o muerte, como si no abandonasemos la virtud a la primera ocasión o al primer descuido, o como si con su permanente salvaguarda no nos sumieramos en el más desesperado remordimiento (como lo haría Fernándo González con Mademoiselle Tony). Mi gente, la costumbre es un asunto de memoria y la memoria puede ser una piedra y si dejamos que caiga en ese estado el caudal del entendimiento, que no es otra cosa que un río, puede tardar mucho en moldear su forma. Mejor ser ornitorrincos con su exceso de cromosomas y su quimérica naturaleza; en otras palabras: mejor poner huevos cuyo fruto habrá de ser amamantado y protegido con la estructura nerviosa del cocodrilo. (Perdón, he vuelto a caer en estas tretas…)

Tal vez queden muchas cosas en el aire, pero ya habrá tiempo (espero) de ir haciendo las paradas correspondientes. Invito a no tomar las variadas referencias como pedantería ni mucho menos, lo que pasa es que ante la posibilidad de resultarles inútil desde mis palabras se me ocurre -parafraseando a Ernesto Savater- que hay que procurar  que lo lean a uno, no  para sentirse orgulloso de que lo lean, sino para sentirse orgulloso de las cosas que hace leer y porque como diría mucho antes Horacio (aunque pudo ser también Persio, no recuerdo muy bien) la harina que lleva un hombre a un templo puede ser igual de valiosa que el oro para los dioses pues todo depende de las cualidades y disposiciones de quien lleva esa ofrenda. Así,  si yo no he podido hacer mayor cosa con lo leído, tal vez puedan hacerlo ustedes, porque  ¿Qué son los dioses sino la personificación de nuestras ideas?

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