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Tan libre que me duela

En gran parte de Antioquia hay rumores porque desde hace un par de semanas apareció en las paredes de muchos de sus municipios la sigla A.G.C (Autodefensas Gaitanistas de Colombia), un grupo armado que se ha dado a conocer por la realización de paros armados en la región. Recuerdo que hace como seis años pasó algo similar, y aunque no estaba allí, si lo vivió parte de mi familia. 

Bajo el término ‘toque de queda’ obligan a las personas a quedarse encerradas a partir de cierta hora, por lo general esto tiene lugar a las 8 p.m. Esto se debe, supongo, a que cuando terminan los noticieros inicia el prime time y los grupos armados, en su infinita misericordia saben que son las mejores horas para conllevar cualquier aislamiento mientras se hacen otras actividades que saldrán luego también en los noticieros. Por desgracia, o más bien, por gracia del año en curso y su proceder las alarmas no se dispararon. Para algunas personas volver a encerrarse o seguir haciéndolo no cambia mucho las cosas y a las desesperadas por libertad poco o nada les importa morir por Covid o por fusilamiento.

El caso es que tuve que viajar al Valle de Aburrá desde uno de esos pueblos marcados en medio de todo este rumor, al que en lo personal si temo sobre todo porque de mi infancia recuerdo las pescas milagrosas que en ese entonces no sabía qué eran pero el miedo de la gente y el que algunas personas no se subieran otra vez al bus siempre me pareció abrumador y por eso cuando voy por carretera temo siempre, aunque sea un poco, a las peñas salientes que a cada tanto se desprenden estimulando la economía por medio de reformas viales y actividades funerarias y los retenes paramilitares.

Tuve que viajar por el fallecimiento de un señor Martín Alonso García Araque, que coincidencialmente ocupó el lugar de mi padre hasta el 5 de Octubre de este año de la rata. Lo curioso es que justo antes de recibir la noticia había creado -que banalidad- un perfil personal de instagram con esa parte de mi nombre que uso para estas columnas (la otra parte es Gabriel García) y recordaba cómo le molestaba a él que, de cualquier modo, no hiciera visible su aporte a mi existencia. Es la tontería más importante que me ha pasado hasta ahora. 

Ya en la ciudad, y una vez terminadas las exequias me contaron que mi padre, como decimos por acá “murió en su ley” con las venas invadidas de alcohol y lejos de un hospital donde trataran inútilmente de salvar una vida que, a pesar de nuevas promesas y horizontes, desde hacía muchos años ya no quería y desde hace algún tiempo sabía perdida porque aunque como decía Pedro Bonifacio Palacios “todos los incurables tienen cura” es justamente “cinco minutos antes de la muerte” y esta cura se patentiza sólo con la posibilidad de sentirse libres.

De mi padre no puedo decir muchas cosas, siempre tuve presente la contradicción entre su discurso hondamente conversador y su vida abismalmente libertina. De él aprendí también el vivir con poco y el desprenderme de cada cosa teniendo en cuenta lo que vale todo en la vida; nada. Fue con él, a pesar de ser defensor acérrimo del Centro Democrático, con quien tuve las mejores conversaciones sobre mis posturas éticas, ideológicas, filosóficas, económicas y políticas. 

De él también heredé un gusto por la poesía del que no supe hasta hace pocos años su procedencia, le gustaba mucho Rubén Darío y el poema ‘Las razones del Lobo’ y no faltaba a misa porque era en la casa de Dios y allá lograba cierta seguridad. Las otras casas eran de seres humanos y como bien lo expresaba “el hombre es el lobo del hombre” y al final de los debates su última defensa era que en el fondo “todos son unos hijueputas” y uno debe estar donde más le beneficie, aunque en su caso el beneficio no fuese pretencioso ni acumulativo. 

Como expresión máxima de su voluntad, tenía dicho que tras morir quería ser cremado y sin importar que casi nadie pudiera verlo, así fue. Para mi, aunque fue muy doloroso guardar una cajita con polvo en un hueco, fue gratificante saber que hasta los agónicos y los muertos pueden hacer valer la voluntad si quienes le rodean saben también qué es la libertad y la respetan, aunque duela. 

Al día siguiente aproveché la visita para encontrarme con algunas amistades. Fuimos a caminar por alguno de los barrios de Medellín y en esas, un niño de aproximadamente nuueve años se opuso rotunda y cínicamente a hacer participe a mi amigo, de quien aprendió a decir “no”, con certeza aunque fuera a las personas queridas, sin pelos en la lengua, con una cara de nostalgia me miró y me dijo: “de eso se trata negro, a mi me duele mucho que me responda así, que ahora con lo que les enseñé hagan planes de los que me sacan y me digan que no me necesitan para nada y cuando me necesitan me lo digan con toda confianza y sin tapujos, sin pena de antes no haberme necesitado. De eso se trata de aprender a vivir con la libertad del otro”.

Esas palabras, que seguramente no llegaron a este texto en franca lid, me hicieron pensar en la libertad que tanto mi padre como mi madre me han dado y que les agobió tanto al uno y le turba tanto a la otra. La libertad tiene que doler porque se trata de romper cadenas cuyos eslabones somos nosotras, y nosotras somos también todas las demás. Romper eso siempre tiene que doler.

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