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The mercantile way of die

Desde la famosa fiebre del oro de California de mediados del siglo XIX, pasando por la
revolución del acero y hasta Silicon Valley, Estados Unidos nos ha vendido e insertado a
través de publicidad y tratados comerciales una ilusión que se ha tornado tópico: The
American way of life; un mito con respecto a qué es la vida y cómo debe emplearse para
que el ejercicio obligatorio de existir pueda llevar tal nombre.

Sin embargo, y esto lo confirmaron con la proliferación del mercado funerario a principios del siglo XX como respuesta a las olas de violencia que lo recibieron y lo sostienen todavía, el sueño americano es solamente – como cualquier sueño, eso sí- el mejor camino hacia la muerte.

Ahora bien, incluso antes de la fiebre del oro, y tal vez por el efecto dilatante de sus
productos sobre la conciencia y el cuerpo como combustible para empresas mayores, la
industria tabacalera que implicó el crecimiento y declive del pueblo norteamericano en
distintos momentos, estaba presente blandiendo el sable de la virilidad, el capitalismo
netamente patriarcal, la erotización de la estética masculina y femenina en favor del
progreso y la mercantilización de la afectividad a través de compañías como Philip Morris
International.

A propósito de la Philip Morris, me llamó la atención que hace unos días circularon en redes
sociales imágenes de una campaña negra para la marca pero no, como ya es costumbre,
por campañas hipócritas o políticamente incorrectas ni por hacer lo que desde su objeto
social hacen, vender cigarrillos. No, la campaña que actualmente se da en Colombia versa
sobre las pésimas condiciones laborales que ofrece la compañía en nuestro país. En cuanto
veo las imágenes sólo puedo pensar ¿Qué esperan de una empresa cuya razón de ser
es matar gente bajo el velo del disfrute?
Como bien señaló la OMS en el 2018: “lo mejor que pueden hacer para ayudar a reducir el consumo de cigarrillos es dejar de vender cigarrillos”.

Pero la OMS sabe que no lo hará, lo sabe y lo comprende porque pocas entidades saben
más que la OMS de hipocresía y beneplácito económico de miembros y asociados en
detrimento de la población objetiva.
Además, no deja de ser curioso que esas palabras
tuvieran lugar el mismo año en el que el actual director de la Organización dijese en su
nombramiento que “es necesario buscar medidas para que las personas se acostumbren al
aire” en lugar de apostarle a la reducción de contaminantes…

A lo que voy es que no importa si se trata de una mena de cualquier tipo, de la explotación
de cualquier recurso natural, drogas, viajes espaciales o Big Data, la consigna siempre es
hit hard, run fast.
El interés no está sobre los bienes o servicios que se ofertan, ni cómo se
ofertan sino sobre mantener los pies en la tierra, bien puestos y garantizar la mayor
cantidad de experiencias posibles para que el tiempo antes del final se vaya un poco más
rápido. Consumimos para extinguir y para recordar que nos extinguimos. Cualquier
actividad que hacemos podría ser un cigarrillo de Auschwitz, no hay diferencia.

Por tanto, cada vez que participamos de algún sueño, de alguna utopía, lo hacemos para acercarnos con más elegancia a la muerte que es lo que viene. No se trata en absoluto de la vida que ya está dada. Y por eso, porque en el fondo no se trata de la vida sino de la muerte es que a las grandes compañías y a las convenciones globales de mercado, les importa un bledo la calidad de vida de quienes materializan su sueño y nunca importará mientras operemos bajo la sombra del ideal, del absoluto, que todo lo abarca. Todos los hechos, gratos y detestables son sólo una expresión de ello (leer para efectos de comprensión a cualquier representante del idealismo alemán) y sobre éstos se justifica ¿mi alternativa? No dream, no fight.

Aceptemos pues, que estamos vivos/as y dejemos de rehusarnos a ese hecho. Tampoco es que llame a dejar el placer, sería ridículo; si clamo por reconocer la vida tengo que abanderar también la asunción absoluta de la muerte que tiene también lugar todos los días, desde nuestras células fugaces hasta las estrellas, que para nuestra corta humanidad, son infinitas.
“All the leaves are brown…”

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