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Tres males distintos y una esencia verdadera

La vacunación contra el Covid19 en Colombia ha dado para todo. Desde la búsqueda de ‘likes’ del presidente sacándose fotos tipo Instagram el día que recibió el primer lote en el aeropuerto, hasta la pelada de cobre que varios ciudadanos han tenido al quedar metidos en presuntos ‘saltos’ en la fila de espera de las vacunas. 

El show de las vacunas que cada día es contado en los noticieros sólo ha evidenciado la idiosincrasia colombiana marcada por el desorden, la malicia indígena y el chovinismo. Del desorden podemos decir que ha generado eventualidades como el abuelito residente en Barranquilla cuyo turno para recibir la primera dosis salió en Bogotá. Una muestra tragicómica de la falta de seriedad con que muchas entidades de salud asumen el manejo de datos de sus pacientes.

El famoso Orden que reza nuestro escudo nacional, en realidad debería decir desorden. Porque así crecimos como país, de forma espontánea en todos los sentidos y sin prever lo que podría ocurrir en cada momento. Armamos ciudades, negocios, industrias y demás pensando desde lo particular y no teniendo en cuenta lo colectivo. Ni siquiera tuvimos en cuenta la lógica de procesos asociados a la geografía, pues somos de los pocos países donde la industria fuerte y la producción en masa está lejos de los puertos, con carreteras más parecidas a caminos de herradura que a ‘autopistas de progreso’.

Allí hay algo de nuestro desorden a gran escala. En la escala mínima, en lo cotidiano, mantenemos desorden hasta en la forma de administrar el tiempo para cumplir deberes y realizar actividades. Por eso llegamos tarde y no nos importa. Hay que pellizcarse. Al menos, cada uno que responda por su orden -o desorden-.

La malicia indígena, por su parte y con el respeto de los indígenas, es esa viveza que impera en la toma de decisiones. Viveza reflejada en el beneficio propio; en la búsqueda incesante de cómo sacar provecho doblando la norma. O sea, que mucho de nuestro desorden ha sido influenciado por esta actitud de querer aprovecharse de la situación o del prójimo.

Yo diría que la malicia es la verdadera esencia del colombiano. Esencia y karma, porque los poderosos también la aplican usando herramientas como el dinero y sus influencias para enriquecerse o librarse de la cárcel, los impuestos y -al parecer- saltarse la fila de las vacunas. Con todas estas actitudes seguirá aumentando la corrupción y viéndose afectados tanto los honrados como los maliciosos del común. Aquellos sujetos clase media y baja que, dándoselas de arribistas de la viveza, hacen fraude con los servicios públicos, evaden el pago de sus deudas y ‘tumban’ a todo prójimo cándido que opte hacer negocios con ellos en buena fe.

Con estos males, cualquier otra cosa sería el colmo. Pero los colombianos somos los más… Sí, los más chovinistas. Y siempre peleamos por mostrar las riquezas y abundancias como si fuéramos el Non Plus Ultra. Aquí armamos celebración y elogiamos a los líderes por el primer cargamento de vacunas que no alcanzan para mucho si se comparan con el esfuerzo de otras naciones incluso más pobres. Paramos el país por una selección Colombia que no gana el mundial y damos estatus simbólico de Jefe de Estado al entrenador nacional. Nos ufanamos de ser potencia en biodiversidad, pero nuestras normas dejan de lado el cuidado del medioambiente en la mayoría de los casos.

Si es por récords, deberíamos sentir orgullo patrio por las barbaridades cometidas en nuestro suelo, como los falsos positivos o los asesinatos de líderes sociales. Ahí sí somos campeones del mundo.

Recientemente nos alegramos de una compatriota que estuvo al frente de la misión a Marte, pero olvidamos que nuestro desorden, nuestra malicia corrupta y lo ciegos que somos por nuestro chovinismo, generaron su éxodo por falta de oportunidades, llevando su talento a otra Nación.

El Universo, y no la Virgen de Chiquinquirá o el Sagrado Corazón, nos permita alejarnos de esos males culturales, enquistados en nuestra historia, nuestra administración del poder y de la economía que hemos forjado como pueblo. Espero que se nos permita, pues creo – a su vez- que podemos porque no son males genéticos sino sociales. Y así como los hemos asumido, también podemos dejarlos.

1 Comentario

  • Somos una sociedad que nos falta educación desde nuestros hogares, esperemos que las nuevas generaciones se han capaces de cambiar esta realidad.

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