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Un disparo contra el sofisma de solución a la inseguridad

En la mitad de la calle, frente al bar donde estaban tomando cervezas y haciéndose burlas cada vez más pesadas, los borrachos están de espaldas a nueve pasos de distancia mientras la gente, expectante, observa el espectáculo mientras se protege de un tiro equivocado por parte de alguno de los retados cuando llegue al paso diez y gire para disparar.

Parece la escena típica de una película del lejano oeste, pero es la caricatura de lo que podría pasar en cualquier ciudad del país si termina siendo exitosa la iniciativa de legalizar el uso de armas entre los civiles. Una idea populista, agitadora y polarizadora perteneciente al repertorio -cada vez más sorpresivo- del Centro Democrático.

En este espacio, hace algunas semanas, hablábamos de cómo la ciudadanía del común, la que no tiene para pagar escoltas ni vigilancia privada, ha tenido que armarse de forma ilegal para defender la vida propia, la de sus familias y a sus pocas pertenencias. La muerte del profesor Hugues González, el pasado sábado 13 de febrero en Santa Marta, fue producto de la mezcla de factores que hoy las Instituciones quieren omitir de sus responsabilidades para delegar la solución en el pueblo. Una solución armada.

La inseguridad que se vive en este terruño de valles y montañas es el resultado de la pobreza estructural que se vive en la Nación. Nos hemos acostumbrado a cientos de discursos demagógicos sobre seguridad, sintetizando todo en la desgastante lucha contra el tráfico de drogas; pero nadie ataca a los enemigos de siempre: la falta de oportunidades para acceder a Educación, Trabajo y Salud. No existen políticas claras para transformar la vida en los cinturones de miseria que, con el paso de los días, dejan de ser la periferia de las ciudades para ser más cercanos al centro. Aquí, las soluciones no existen.

Porque en este país, ya nada vale. Ni la vida. Porque el sancocho de abandono, desidia y corrupción que ha imperado en nuestra clase dirigente -tanto de izquierda como de derecha- ha permitido que aumente el número de muertos por robo de celulares, bicicletas y carteras.

No hay una sola entidad o institución -por mucho uniforme que le cambien- que goce de plena credibilidad entre la gente que nace, crece y muere sintiéndose desprotegida, olvidada y sola en un país donde existir es un riesgo.

La excusa de que países como Estados Unidos, en algunos de sus estados, permite el porte de armas es una comparación irresponsable y estructura un argumento que deja de lado los factores culturales, sociales, económicos, políticos y demás de cada Nación. Factores que, per se son opuestos cuando no distantes.

Mientras más políticos sigan siendo elegidos y tengan discursos beligerantes, que solo son sofismas de solución en un espejismo de sentimiento compartido con el pueblo, más muertos tendremos. Y más de esos muertos también serán inocentes.

Triste es ver cómo estos políticos, con grandes ingresos a base de los impuestos de todos, promueven el armamento entre la población a conciencia de que ellos siempre han estado protegidos y no pasan ni pasarán las cuitas que viven aquellos a los que quieren armar.

Un hombre va armado de regreso a su residencia. Viene de su trabajo. Bajó del bus cansado y aburrido de que el salario mínimo no le alcanza y acaba de recordar que su pequeño hijo no tiene ni una papeleta de siete granos para el tetero. Sabe que el casero le está esperando para cobrarle el alquiler pues le adeuda dos meses. El casero, también armado, no tiene paciencia para seguir esperando…

Adivine el final de la historia y dígame si esos políticos aparecen en la trama. O al menos en el funeral.

1 Comentario

  • Final lleno de dolor, porque el ser social determina la conciencia y la necesidad de subsistir por medio de las uñas, los lleva a que de lado y lado haya suficientes elementos para enfrentarse sin mucho que perder y tan poco que ganar.

    Se enfrentan y el ganador sea quien sea, ante la justicia es condenado, porque en Colombia se juzga por el hecho, no por las causas que llevan a delinquir
    EL HOMBRE NACE BUENO Y LA SOCIEDAD LO. CORROMPE

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